lunes, 1 de junio de 2026

2. Constelación bibliométrica: María Zambrano


En esta entrada, quiero presentar la segunda parte del trabajo En este apartado, vamos a presentar nuestra constelación universo de manera escrita y desarrollada, donde se irán explicando los diferentes nodos que la componen. Esta constelación de María Zambrano está configurada a partir de los siguientes nodos: Escuela de Madrid, contexto histórico, conceptos clave, núcleo filosófico e influencias filosóficas. 

María Zambrano nació en 1904 en Vélez-Málaga (Málaga), pero pasó buena parte de su infancia y adolescencia en Segovia, ya que su padre había obtenido allí una cátedra en la Escuela de Maestros. En 1924, se trasladó con su familia a Madrid y cursó sus estudios de Filosofía y Letras. Allí pudo comenzar su andadura literaria y filosófica.

En 1936 María Zambrano se casó con Alfonso Rodríguez Aldave, que fue nombrado secretario de la Embajada española en Chile. La pareja se instaló entonces en ese país, aunque pocos meses después decidieron regresar a España para apoyar activamente la causa de la República tras el estallido de la Guerra Civil, que marcó a partes iguales su vida y su pensamiento, y le mostró la cara más destructiva y sangrienta de la historia.

En 1981 recibió el Premio Príncipe de Asturias y fue nombrada Doctora Honoris Causa por la Universidad de Málaga. El reconocimiento de su obra se vio culminado en 1988 al concederle el Ministerio de Cultura de España el Premio Miguel de Cervantes de Literatura. Fue la primera vez que se le otorgaba a una mujer.

Para explicar a esta autora debemos tener en cuenta una serie de puntos, que nos van a ayudar a vertebrar y configurar tanto su trayectoria personal como literaria:

Contexto histórico:

María Zambrano tenía confianza, al igual que su padre Blas Zambrano, en la República como un arma poderosa para salvar a España, y veía en la cultura el camino seguro para superar la larga tradición de caciquismo e injusticia social que había marcado las vidas de tantos españoles. Sin embargo, el exilio llegó pronto a su vida marcándola profundamente. En 1939, ante el avance de las tropas franquistas, Zambrano cruzó la frontera francesa en compañía de su familia. El Gobierno mexicano ofreció apoyo y ayuda a los refugiados españoles para emigrar a América. Durante su etapa de exilio americano, la filósofa vivió en México, Cuba y Puerto Rico, además impartió clases de Filosofía en diversas instituciones de aquellos países, como en la Universidad de San Nicolás de Morelia de México, donde conoció a Octavio Paz y León Felipe. Fueron años de intensa actividad literaria en los que publicó las siguientes obras: Pensamiento y poesía en la vida española (1939) y Filosofía y poesía (1939).

Después de pasar por la Universidad de Puerto Rico, viajó en 1946 a París y allí conoció a Albert Camus y René Char. En 1947, una vez finalizada la guerra, Zambrano no se pudo reunir con su hermana Araceli. A partir de entonces, las dos hermanas convivieron juntas en un periplo por diferentes países. De 1948 a 1953 residió en La Habana y conoció a José Lezama Lima y posteriormente en Roma, donde escribió algunas de sus obras más influyentes, como por ejemplo, El hombre y lo divino (1955), Los sueños y el tiempo (1960) y Persona y democracia (1988). Allí entabló relación con algunos intelectuales italianos como Elena Croce, Victoria Guerrini y con otros españoles exiliados como Rafael Alberti y Jorge Guillén.

En 1964, las hermanas Zambrano partieron hacia Francia, país en el que residieron hasta 1981, momento en el que se instalaron en Ginebra. En este período de retiro su propuesta filosófica tomó un tono místico, que se vio reflejado en obras como Claros de bosque (1977) y De la Aurora (1986). Finalmente, en 1984 decidieron regresar a Madrid, donde vivieron hasta su muerte.

El exilio acabó formando parte de su categoría filosófica, porque lo definió como la situación espiritual del ser humano despojado de sus circunstancias históricas. Su experiencia vital como exiliada le llevó a revisar la tradición intelectual de la que había bebido y a tomar conciencia de la crisis que afectaba al pensamiento racionalista europeo y de sus consecuencias más atroces:

De la España que expulsa, al México que tiende su mano; de La Habana secreta que compartirá con Lezama Lima, a la Roma de los gatos sagrados y el Café Greco. O Suiza, donde los jóvenes poetas españoles quieren recuperar a María Zambrano, en esas últimas décadas de su vida: pensamiento, el del exilio, al que no sólo se le roba el espacio, sino, y sobre todo, el tiempo (Zambrano, 2007, p. 18).

Porque el tiempo que le arrebata la paz a España difícilmente se recupera cuando la herida abierta en la esperanza es, además, castigada con el olvido. El corazón, entonces, se convierte en el “órgano del pensamiento”, tal y como nos reitera en toda su obra María Zambrano, y en el lugar donde “se ubica” la “metodología” de su Razón Poética (Zambrano, 2007, p. 18).

Influencias filosóficas:

En la universidad fue alumna de pensadores como Xavier Zubiri o Manuel García Morente, pero sobre todo conoció a José Ortega y Gasset, que era considerado figura central de la cultura española. En aquella época gracias a sus artículos periodísticos, Zambrano empezó a darse a conocer y también se implicó activamente en política. Sus textos aparecieron en revistas de gran importancia como Revista de Occidente o Cruz y Raya.

La enorme influencia que Ortega y Gasset ejerció sobre la cultura española de su tiempo no sólo se vio reflejada en su actividad como filósofo, político y periodista, sino que también puede apreciarse en la huella que dejó sobre sus discípulos. Entre ellos encontramos a pensadores como Julián Marías, Antonio Rodríguez Huéscar o José Gaos, que junto con Zambrano formaron el denominado grupo de Escuela de Madrid.

A pesar de que cada uno de ellos tenía una orientación filosófica diferenciada, todos tenían en común una serie de rasgos, que permitieron que se reunieran en torno a un mismo grupo denominado Escuela de Madrid.

Los pensadores de esta escuela compartían con Ortega y Gasset una misma preocupación por contribuir a superar el atraso cultural de España. Para intentar remediarlo, se propusieron renovar la universidad e impulsar una nueva etapa en el panorama filosófico español. Todos tenían la convicción de que España se encontraba atrasada con respecto a Europa social, política, técnica y culturalmente, y se marcaron el objetivo de impulsar y reformar la filosofía española y situarla en el lugar que se merecía a nivel europeo. María Zambrano asegura que, desde su adolescencia, “era política”. El punto de partida de sus reflexiones era el Raciovitalismo de Ortega y Gasset, que consideraba que la Metafísica debe estar enraizada en la vida humana individual. La filosofía de Ortega y Gasset está basada en el descubrimiento de la vida como realidad radical. De ahí viene el concepto de razón vital y la necesidad de combinar la razón y la vida e ir más allá de la razón absoluta de la modernidad que no satisface las necesidades de saber del ser humano. A pesar de que Ortega y Gasset criticó ciertos usos desmesurados de la razón, y reclamase que se debía prestar una mayor atención al tema de la vida, no dejó de reconocer por ello la importancia de los logros que la humanidad había hecho desde la razón pura. Ortega y Gasset reconoce la importancia de la metáfora como un primer momento en la construcción del nuevo vocabulario que la reforma de la filosofía exige, pero defenderá que la razón es la máxima representante del poder de la filosofía, por lo que acabará considerando el papel preeminente de los conceptos sobre la metáfora.

Asimismo, María Zambrano también recibió influencias por parte de los siguientes autores:

-Miguel de Unamuno, en su preocupación por la existencia y el alma. Perteneció a la llamada Generación del 98, donde escritores, ensayistas y poetas españoles se vieron afectados profundamente por la crisis moral, política y social que atravesó España tras la pérdida de sus últimas colonias (Cuba, Puerto Rico y Filipinas). Ante esta situación y la creciente decepción política, los intelectuales que integraban este movimiento vieron en el pensamiento el único camino posible para salva a España de su progresiva decadencia. De Unamuno, tomó su preocupación por la conciencia y la angustia como elementos propios de la condición humana (Kierkegaard), la preocupación religiosa (arraigada a la tradición del pueblo), la conciencia trágica y poética (conciencia histórica), y el pensamiento como origen del vivir trágico.

-San Juan de la Cruz, por el misticismo. En la poesía mística de San Juan, la verdad, como en Zambrano, no se explica con conceptos filosóficos rígidos, sino con metáforas, paradojas, silencios…San Juan muestra que la poesía puede revelar verdades que la razón no alcanza. En los textos en los que Zambrano habla del exilio, de la crisis, de la soledad o del descenso a las “entrañas”, la pensadora se inspira en la “noche oscura” de San Juan, es decir, en el vacío, la pérdida o el despojo interior que encierra esta imagen. Para ella, como para San Juan, sólo atravesando la oscuridad puede surgir una verdad auténtica.

La verdad más profunda nunca puede expresarse mediante conceptos. Del mismo modo que en San Juan de la Cruz Dios aparece como lo inefable, lo que no puede decirse completamente, en Zambrano es la vida en sí misma el más grande de los misterios, y por lo tanto, lo inefable, o al menos lo que cuesta decir. Por eso, la obra de Zambrano es de extrema simbología, porque para ella los símbolos son el lenguaje de los misterios, es decir, de todo aquello que guarda un enigma y que, como enigma, requiere una interpretación, una mediación.

Siguiendo el ejemplo del místico, la autora se constituye en Claros del bosque como una guía espiritual que va indicándonos las etapas que debemos seguir –como los pasos indicados por San Juan en la Subida al monte Carmelo– para encontrar en nuestro interior la llegada de la verdad. Para Zambrano, a diferencia de su maestro Ortega y Gasset, la verdad no es “desvelamiento” (aletheia), sino revelación.

-Platón, de quien tomó la idea de que la razón aspira al descubrimiento de la verdad. Sin embargo, Zambrano opinaba que había que fijarse en el mundo de lo particular:

Platón se convierte desde muy pronto en un interlocutor privilegiado de Zambrano, y entre los textos del primero adquiere un singular protagonismo el mito de la caverna incluido en La República. Podría incluso afirmarse, como cierto punto de exageración, que la obra zambraniana constituye un diálogo constante con este mito, que sin embargo resulta transformado y aun subvertido en su pensamiento (Gómez Toré, 2020, p. 129).

-La Generación del 27, a través de la cual Zambrano entabló relación con todos sus miembros, de los cuales algunos fueron claros referentes para el alumbramiento de su razón poética:

Cada vez se hacen más fuertes los vínculos de María con poetas y escritores de su tiempo, como Miguel Hernández, con quien mantiene una sostenida amistad, o Carmen Conde. En su nueva vivienda de la plaza del Conde de Barajas, todos los domingos acuden a tomar el té conocidos intelectuales de la época, entre los que se cuenta José Bergamín, Rafael Dieste, Maruja Mallo, Ramón Gaya o Rosa Chacel. En una fotografía que recoge el banquete de homenaje celebrado en honor a Vicente Aleixandre en 1934 se la ve sentada entre Pedro Salina y Enrique Díez Canedo (Gómez Toré, 2020, p. 71).

Núcleo filosófico:

La obra filosófica de María Zambrano guarda una estrecha relación, tal y como se ha comentado anteriormente, con el pensamiento de Ortega y Gasset. Sin embargo, Zambrano pensaba que el Raciovitalismo de su maestro ofrecía una visión incompleta de la realidad humana, ya que esta no tenía en cuenta que en el ser más profundo de la persona latía un núcleo enigmático y misterioso, que Zambrano asociaba a la dimensión divina que hay en el ser humano:

Ante el vértigo que produce esa ausencia, la respuesta no puede ser más dispar, puesto que mientras Nietzsche nos conmina a aceptar esa falta de fundamento sin intentar poblar de nuevo el cielo de los dioses, Zambrano se empeña en recuperar la huella de un fondo último, sacro, de lo real. Con todo, pese a esa diferencia radical entre ambos, los dos constatan que, frente a ese vértigo, resulta demasiado tentador buscar sucedáneos que llenen ese hueco difícil de soportar. Ahí cobra todo su sentido la frase, ya aludida en una carta a José Ángel Valente, en la que Zambrano afirma que la filosofía y la poesía constituyen la santificación del pensamiento, y no su divinización, entendidos ambos términos curiosamente como antónimos. Para Zambrano, el racionalismo constituiría, en su versión extrema, un intento de sustituir ese Dios en el que al hombre europeo le resulta cada vez más difícil creer por una Razón divinizada, concebida como un absoluto (Gómez Toré, 2020, p. 157).

La razón por sí sola no nos permite acceder a este fondo divino que hay en nuestro interior; para lograrlo hay que encontrar una vía alternativa que reivindique la importancia de la palabra poética y la creación metafórica. Por eso, María Zambrano propuso sustituir la razón vital de la que hablaba Ortega y Gasset por una nueva forma de razón, a la que ella denominó la “razón poética”:

 La razón poética constituye, sin duda alguna, el núcleo del pensar zambraniano y aquel que persigue incansablemente desde los primeros barruntos hasta las obras de los últimos años, en los que parece desplegarse todo su potencial (Gómez Toré, 2020, p. 95).

Por eso, para Zambrano la reforma que propone Ortega y Gasset de la filosofía no es suficiente: no bastaba con una reforma del entendimiento, sino que hacía falta una nueva forma de razón capaz de enfrentarse al fondo irracional de lo real, a “lo otro”, a eso que se da en la intuición que tiene lugar del logos.

Para entender este nuevo concepto que plantea Zambrano, es importante mencionar que la razón, tal y como la ha entendido Occidente desde la Antigua Grecia, pretende reducir la multiplicidad de lo real unificando la diversidad bajo conceptos universales. El método racional aplica la lógica y el análisis para intentar desvelar en qué consisten las cosas, con el propósito de conocerlas y describirlas, pero al hacerlo, al tratar de desvelar lo oculto (“aletheia”), opera una cierta violencia sobre ellas.

En contraste con esa actitud racional, la aproximación poética considera que la realidad se caracteriza por la pluralidad y la diferencia. Para la poesía, lo real reside en lo individual y concreto, no lo general ni lo abstracto.

La forma de acceder a la realidad también es distinta, según Zambrano, ya que la palabra poética no puede buscarse activamente, sino que se revela en el proceso creativo de forma intuitiva. No hay que forzar de un modo activo la creación poética, porque más bien se recibe pasivamente como un don gratuito y misterioso. Esto hace posible que la poesía de Zambrano tenga una conexión con la dimensión más profunda y enigmática de la realidad, que Zambrano asociaba a lo sagrado.

Para Zambrano, ambas formas de acceso a la realidad (la racional y la poética) tienen la misma importancia. Por eso, no propone sustituir la razón por la poesía, sino encontrar el modo de integrar armónicamente las dos aproximaciones en una nueva forma de racionalidad, que es lo que ella denomina la “razón poética”:

Mas, hay algo que se nos aparece a simple vista, y es que poesía y filosofía, miradas las dos en sus más puros ejemplos se unen destacándose de las demás creaciones de la palabra; hay entre ellas una íntima, esencial y viva unidad.  Unidad que es identidad, una esencial identidad entre la persona viviente con su creación. El filósofo y el poeta están más identificados con su obra que autor alguno. Parecen hasta haber logrado más que ningún otro ese anhelo de dar a la diversidad de las horas vividas, a la multiplicidad de la vida real, un equivalente unitario; han logrado una transmutación o metamorfosis en que el alma se ha unido al espíritu o al intelecto, bien porque ella le absorba -en la poesía- o porque la inteligencia haya tomado dentro de sí el alma. Las dos son la fusión de disparidades antagónicas; las dos, apaciguamiento en que los más secretos anhelos se aplacan y la vida encuentra su adecuado espejo (Zambrano, 1993, pp. 46-47).

La nueva razón propuesta por Zambrano tiene como objetivo crear en el interior del hombre un “claro” en el que sea posible la “aurora” de su ser abismal. En Claros del bosque Zambrano nos muestra el método para abrir esos claros en los que tiene lugar la revelación de la verdad, y que se inspira en la mística y en sus diferentes etapas para llegar al encuentro con Dios.

La razón poética se diferencia de la razón filosófica por el modo de aproximación a la realidad y también por el uso del lenguaje. Según la filósofa, el pensamiento occidental ha estado marcado profundamente, desde la Antigua Grecia, por un racionalismo basado en el control y el dominio de la naturaleza. Para conseguirlo, la filosofía se ha apoyado en el poder del concepto, que ha permitido la construcción de complejos sistemas y modelos abstractos.

La aproximación racionalista característica de la ciencia olvida lo más importante, porque es simplificadora y superficial. La forma de describir la realidad por parte del discurso científico ha proporcionado conocimientos valiosos, pero también ha desembocado en una sensación de angustia y confusión vital, que ella describe como la “agonía de Europa”. Por eso, cuando se describe la realidad a través de conceptos abstractos, generalizaciones y leyes científicas, resulta complejo prestar atención al detalle singular, específico y concreto, que es donde reside la riqueza de las vivencias humanas más íntimas.

La razón poética se erige como una alternativa que nos permita expresar la parte más profunda del corazón humano mediante el uso de imágenes, metáforas y símbolos. Este uso abierto, sugerente y artístico del lenguaje, que es el que caracteriza especialmente a la poesía lírica, con sus múltiples lecturas posibles, nos conecta con las emociones que suscita la rica y ambigua multiplicidad de lo real:

Por una metáfora se ha solido entender una forma imprecisa de pensamiento. Dentro de la poesía se le ha concedido, especialmente desde Valery, todo su valor. Pero la metáfora ha desempeñado en la cultura una función más honda, y anterior, que está en la raíz de la metáfora usada en la poesía. Es la función de definir una realidad inabarcable por la razón, pero propicia a ser captada de otro modo. Y es también la supervivencia de algo anterior al pensamiento, huella en un tiempo sagrado, y por tanto, una forma de continuidad con tiempos y mentalidades ya idas, cosa tan necesaria en una cultura racionalista (Zambrano, 1993, pp. 49-50).

Conceptos clave:

Tal y como se ha comentado anteriormente, los conceptos clave para entender el pensamiento de María Zambrano son los siguientes: la razón poética, lo sagrado, el alma, la aurora y el exilio.

Lo sagrado:

La afirmación de la razón poética, que hemos explicado en el apartado del núcleo filosófico, está ligada en el pensamiento de María Zambrano a la reivindicación de lo sagrado, que es el espacio más auténtico, misterioso y profundo de la realidad. Lo sagrado para ella es considerado un fondo de realidad oculta y esencial que se corresponde con la dimensión más originaria de la vida humana:

Las entrañas, metáfora esencial en el pensamiento zambraniano, parecen aludir a ese fondo irracional de lo real, a ese sustrato oscuro (presente antes que nada en nosotros mismos) que, en El hombre y lo divino, se identificará con lo sagrado (lo divino será precisamente, desde un punto de vista estrictamente humano, el esfuerzo por dar luz a lo sagrado, transformar en luminoso y vivificante todo su potencial, demoníaco y aterrador). Desde este punto de vista el corazón es el síntoma de aquella parte de las entrañas que se deja ver (o al menos entrever). O en otro sentido, constituye el propio trabajo con las entrañas para darles voz, para proporcionarles la luz justa que precisan sin obligarlas a renunciar del todo a la oscuridad que es su ámbito. Este juego de luz y oscuridad será central en la concepción de la razón poética: para Zambrano, la pretensión racionalista de iluminar hasta el último fondo de lo real, sin que nada escape a su foco, es una intención totalitaria (Gómez Toré, 2020, p. 137).

Sin embargo, el espacio de lo sagrado es inefable, ya que es imposible describirlo mediante palabras precisas ni con conceptos rigurosos. La poesía sólo es capaz de tratar de expresar nuestra relación con lo sagrado, recurriendo a la imagen simbólica, a la alusión indirecta o la evocación metafórica. Por eso la razón poética resulta esencial si verdaderamente queremos descender a la profundidad en la que se halla el núcleo más auténtico de lo humano:

La exégesis del nihilismo en María Zambrano descansa en una clave religiosa, que vuelve del revés todo el proceso del antropocentrismo moderno y su posterior destrucción por obra de Nietzsche. Zambrano anuncia, en cuanto espiritual, otra forma de vivir y experimentar la nada, como velo, no del ser, al modo de Heidegger, sino del abismo de Dios y, por lo mismo, irreductible e ineliminable cuando se cree haber destruido enteramente a Dios de la idea (Gómez Toré, 2020, p. 154).

El alma:

La presencia del alma también juega un papel muy importante para Zambrano, ya que ella es la sede del sentimiento y la vida vivida, que busca integrarse con la razón pura por medio de la razón poética. Se puede acceder a ella en soledad y en silencio mediante la intimidad y la mirada interior. No se trata de un ser estático, sino cambiante, dinámico y huidizo. En su obra Hacia un saber sobre el alma (1950), Zambrano utiliza como metáfora a una mariposa para explicar y describir cómo es la naturaleza del alma. Por lo tanto, observamos que para Zambrano es el núcleo de la subjetividad humana y un saber íntimo y poético, que permite al hombre acceder al entendimiento de su propia existencia.

Del estudio sobre el alma se encargó la Psicología científica y a ella aplicó sus métodos científicos. Pero ¿qué sabemos de ella? Para Zambrano necesitamos un saber más amplio:

Pero este saber más amplio, dentro del cual puede permitirse el florecimiento del delicado saber acerca de las cosas del alma, no podía ser, un saber cualquiera, una Filosofía cualquiera. Era necesario una idea del hombre íntegro y una idea de la razón íntegra también. Mientras el hombre fuese ente de razón nada más y esta razón fuese la matemática, por ejemplo, ¿cómo iba a ser posible este saber acerca del alma? (…) Era necesario topar con esta nueva revelación de la Razón a cuya aurora asistimos como Razón de toda la vida del hombre. Dentro de ella vislumbramos que sí va a ser posible este saber tan hondamente necesitado. El cauce que esta verdad abre a la vida va a permitir y hasta requerir que el fluir de la “psique” corra por él. Tal es nuestra esperanza (Zambrano, 1993, p. 26).

Para Zambrano, quedaba el alma como un “reto”, tanto que se pregunta si “estos abismos del corazón” permanecerán sin luz. A lo que Zambrano responde recreando la famosa sentencia de Pascal: “Hay, sí, razones del corazón, hay un orden del corazón que la razón no conoce todavía” (Zambrano, 1993, p. 25). Por eso, es necesaria una reforma de la filosofía, una “reforma del entendimiento”.

La aurora:

Al mismo tiempo, la aurora representa para Zambrano una metáfora para explicar el sentido de su razón poética, que aparece como una forma de conocimiento reveladora frente a la razón propia de Occidente. Se trata de una luz que permite ver y desvelar la realidad, conectando la vida con el pensamiento y permitiendo la posibilidad de llegar a un nuevo enfoque filosófico y vital:

La visión es una forma de conocimiento en que lo humano, inaccesible, se manifiesta más adecuadamente, y que más que conocimiento objetivo es expresión. Y podríamos sorprender en la “visión” el carácter peculiar del conocimiento que el hombre alcanza a tener de su propia realidad: una especie de revelación que padece al mismo tiempo que realiza. Conocimiento poético en su raíz, aunque esté asistido de la más estricta disciplina, de los métodos más rigurosos de investigación (Zambrano, 2007, p. 229).

El exilio:

Tal y como comentábamos en el contexto histórico, el exilio marcó su vida por completo. Ella misma manifestó lo siguiente sobre su experiencia:

Los cuarenta años de exilio no me los puede devolver nadie, lo cual hace más hermosa la ausencia de rencor. Mi exilio está plenamente  aceptado, pero yo, al mismo tiempo, no le pido ni le deseo a ningún joven que lo entienda, porque para entenderlo tendría que padecerlo y no puedo desear a nadie que sea crucificado (Zambrano, 1995, p. 14).

Es la cruz, o la forma que toma la cruz del exilio: salir de donde estaba, salir de la situación donde vivía, que es tanto como salir de la vida determinada donde se es alguien en alguna parte. Salir del todo en ese instante y a ese instante le seguirá siempre al exiliado, como siendo nadie, exactamente ninguno (Zambrano, 2014, p. 28).


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